Por Claudia L. Cantos
Chema Madoz es uno de los artistas españoles más originales y con más proyección internacional, un fotógrafo con una personalidad y una mirada absolutamente propias. En sus fotografías trata de poner en evidencia las sensaciones que le producen los objetos, sus imágenes son auténticos poemas visuales. Se dice de él que descubre lo extraordinario dentro de lo cotidiano.
Nacido en Madrid en 1958, Chema Madoz tomó su primera fotografía con una cámara de bolsillo Kodak cuando tenía seis años, pero hasta los veinte no fue consciente de que ese sería su medio de comunicarse con el mundo.
En 1980 se matriculó en el Centro de Estudios de la Imagen para iniciarse profesionalmente en la fotografía, a la vez que estudiaba Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid. En 1984 ganó su primer premio con una fotografía de una gabardina mimetizada con una pared moteada de desconchones, y realizó también su primera exposición, en la Real Sociedad Fotográfica
En España, concretamente en Madrid, se estaba viviendo ya la última fase de la movida madrileña, y es en esta última fase cuando surge una constelación de fotógrafos extraordinaria. Toda la atención de estos fotógrafos se centraba en lo que sucedía en la calle. La mirada de Madoz, sin embargo, era interior, lo que supuso que se convirtiera en uno de los fotógrafos menos representativos de este movimiento cultural.
En 1990 experimentó una crisis creativa, a raíz de la cual comenzó a prescindir de las ideas de azar, de reportaje, de búsqueda, y a sustituirlas por la recreación de las imágenes mentales a través del uso de objetos. Encontró su propia voz, que pronto empezó a ser reconocida: ese año quedó finalista del Premio Kodak España con su célebre fotografía de la escalera en el espejo y, un año después, ganó el mismo galardón con una serie de diez imágenes. En este momento se produce el desencuentro entre su vida cotidiana, trabajaba en una empresa con la que no sentía ningún tipo de afinidad y su creatividad. Finalmente, en 1992, renunció a su trabajo en un banco para dedicarse a tiempo completo a la fotografía.
A partir de este momento llegaron los éxitos, los elogios de la crítica y los premios. Se hizo con una beca de creación artística de la Fundación Cultural Banesto, publicó su primera monografía (Chema Madoz 1985-1995, Art-Plus, Madrid, 1995) y empezó a trabajar con diversas galerías de arte y a exponer de forma continua en Arco. En 1999, se consagra como referente de la fotografía contemporánea española al ser el primer fotógrafo vivo al que el Reina Sofía dedica una retrospectiva.
Entre otros reconocimientos, ha recibido el Premio Nacional de Fotografía, el Premio PHotoEspaña, el del festival Higashikawa de Japón o el Premio de Fotografía Piedad Isla, y ha expuesto en el Museo Pompidou de París, el Netherland Photomuseum de Róterdam, o el Fotofest de Houston. Su obra está presente en importantes colecciones públicas y privadas, entre ellas la del Museo Reina Sofía, el Ministerio de Cultura de Francia, el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, el Fine Arts Museum de Houston o la Colección Margulies de Miami.
Madoz, los objetos y sus infinitas posibilidades
Chema Madoz nos ofrece un mundo de posibilidades a través de la observación de los objetos, creando imágenes icónicas, siempre en blanco y negro, de gran fuerza y sugerencia. A partir de combinaciones de objetos y formas nos deja entrever un universo poético de gran poder metafórico.
Para lograr sus fotos deja su propia mirada desprovista de cualquier intención: recupera la mirada infantil, esa capacidad de poder sorprenderte por las cosas más evidentes, de poder entenderlas desde un punto de vista distinto. La relación que tiene con los objetos nace de ese mirar las cosas de otra manera.
En Chema Madoz hay elementos que se repiten porque tienen una enorme capacidad simbólica por una parte, y de establecer metáforas visuales por otra.
Madoz trabaja de dos maneras: partiendo de un objeto seleccionado especialmente. o construyéndolo a partir de otros, en un proceso más lento que la primera opción. En sus fotografías no usa zoom, ni gran angular, nada que deforme la imagen. Usa un objetivo normal, que, en definitiva, es la forma más cercana a cómo vemos con nuestros ojos. Se sirve de una cámara, un trípode y un fotómetro para medir la luz. Siempre se ha interesado en usar los menos elementos posibles, al igual que en sus fotografías, en las que hay muy pocos elementos. Trata de sacar el máximo partido al mínimo de elementos. Cuando trabaja con los objetos, trabaja con las ideas, con los conceptos, con las interferencias o reacciones que pueden provocar cuando relacionas unos con otros.
En la mayoría de las ocasiones, sus fotografías responden a un dibujo previo, a un pequeño boceto, una aproximación para poder ver cómo va a funcionar la imagen visualmente (aunque él dice que no tiene mano para el dibujo y que nunca queda satisfecho con el resultado, pero que, sin embargo, le vale para lo que lo necesita).
Hace sus fotografías en blanco y negro ya que, según dice, siempre le ha parecido que marca una cierta distancia con la idea de realidad, algo que está siempre presente en sus imágenes. Trabaja en fotografía analógica, la considera una especie de sello personal. La usa porque le parece que tiene sentido dentro del discurso de la fotografía. Cuenta que en el momento en el que ves una fotografía analógica, interpretas que lo que estás viendo es la realidad. Este procedimiento analógico ofrece más volumen y más profundidad a la imagen.
Chema Madoz es un artista con un mundo propio y muy rico que transmite a sus trabajos, logrando algo que no todo el mundo consigue y es que cualquier persona vea una imagen suya y sepa que es de Chema Madoz.
Bibliografía:
Esenciales de la fotografía española, 01, Chema Madoz. PHotoEspaña. Editorial La Fábrica, 2017.
Chema Madoz, La Naturaleza de las Cosas, Editorial La Fábrica, 2019.
